Es evidente que necesitamos de lo material para vivir. Tal vez sea demasiado obvio, pero hay que tener en cuenta que en la medida en que estamos vivos, tenemos necesidades biológicas totalmente objetivas por así decir, que no tienen nada que ver con los imperativos sociales o culturales. Son necesidades que deben ser satisfechas para garantizar la supervivencia. Los alimentos, y un entorno mínimamente apto para preservar la salud son las necesidades básicas indispensables. Hasta aquí estamos hablando de lo que podríamos llamar nuestro “condicionamiento animal”, de las “obligaciones” vitales. Pero el hombre, tiene también otras necesidades, que le son por completo inherentes pues devienen de elementos propios de su naturaleza. Entre ellas podemos mencionar la libertad, a la que considero como la oportunidad de llevar adelante las experiencias que nos permiten plenificarnos como seres humanos, expresarnos como tales poniendo en marcha las potencialidades particulares de cada uno de nosotros, aquello quen nos hace sentir vivos y con lo que auténticamente nos identificamos sin depender de un reconocimiento externo.
La supervivencia en primer término y la búsqueda y consecución de estas experiencias requieren también de lo material: para, por un lado comer, tener un techo y ropa y, por el otro para escribir, viajar, practicar deportes, trabajar la madera, pintar, hacer música, construir, organizar, llevar adelante todo tipo de proyectos; son necesarias las herramientas propias de cada una de estas actividades y para hacerse de ellas es necesario, en casi todos los casos, entrar en el establecido circuito de la generación del dinero y el mercado de consumo.
El problema surge cuando esos objetos y procesos, que en principio y esencialmente, no son más que herramientas y medios de algo más profundo, inherentemente humano, se convierten en la finalidad, en el objeto de nuestras angustias y anhelos y ante los cuales terminamos entregando nuestros verdaderos sueños e intereses.
Aquí entra en juego la maquiavélica ilusión de POSEER.
El concepto de la “posesión” de cosas materiales es, considerado en perspectiva, nada más que un engaño y una ilusión. Nadie puede poseer nada. Considerar que algo material puede ser de nuestra propiedad es vivir ignorantes de nuestra naturaleza efímera y pasajera y perder de vista las más simples e importantes realidades de la vida. Ninguno de nosotros sabe cuánto tiempo más va a estar por aquí, pueden ser 80 años, o 50, o 20 o 5… o 15 minutos.
El engaño y el cepo esclavizante consisten en pretender que lograremos satisfacer nuestras necesidades humanas a través del mero acopio de lo material, como objetivo en sí y como búsqueda de reconocimiento social de éxito: quién tiene más dinero, es más exitoso, y por lo tanto “es mejor”. Es un tema que se ha convertido en tópico, pero no por ello deja de ser cierto: la sociedad está repleta de ejemplos claros de que el dinero no da la felicidad, sino que al contrario, en muchos casos, se convierte en la principal causa de angustia e insatisfacción, al descubrir el sujeto que, luego de haberse esforzado por cumplir con los parámetros impuestos de éxito y logros, se siente totalmente vacío e insatisfecho.
El dinero y lo material, sirven y son necesarios… pero son también peligrosos.
La diferencia la marca, tajantemente, la actitud del sujeto y la manera en que considera y encara su experiencia con ellos.
Quien pretenda “posesiones” no hará otra cosa que esclavizarse en la rueda de tener más y más y más… y en el camino quedarán nada menos que sus sueños y su felicidad. O simplemente vivirá en menor o mayor medida angustiado y menospreciándose a si mismo por no ser capaz de conseguir lo que se le dicta socialmente. Por ser un “fracasado”.
Mucho más cercano a nuestra naturaleza es buscar en lo material las herramientas para construir la experiencia de vida que soñamos, o al menos intentarlo. El dinero y las cosas son los últiles que debemos usar para hacer nuestro camino, pero verlos sólo como eso, y no apegarnos a ellos de ninguna manera. No centrar en ellos nuestra vida y, mucho menos, hacer depender de ellos nuestra felicidad.
No se trata de tener o no tener cosas. No se trata de ser rico o pobre. De caer en la ingeniuidad de que una u otra cosa es mejor o peor.
Se puede tener todo y ser un desgraciado o tener muy poco y ser plenamente feliz… y también puede ser al revés. No depende de eso, sino de qué manera vive uno su vida… de hásta qué punto tengamos el valor de vivir nuestra propia vida… hasta que punto tengamos el valor de cortar amarras y ser felices.
La idea de la POSESION es ficción. Es un impuesto social para apagarnos como seres humanos.
Buscá lo que necesitás, más allá de lo que dice la televión, de lo que dice el colegio, de lo que dice la universidad, de lo que dice el trabajo, en resumen: de lo que dicen “mamá y papá”.
Atrevete a vivir, cada vez con menos amarres, con menos ataduras.
SE FELIZ.
HACK YOUR MIND