Renacer por el fuego.
Fenix.
Aunque misterioso, no es un secreto que el dolor es sendero hacia cambios profundos. Y creo que esto encuentra su razón en que la misma raíz del sufrimiento es el impacto contra aquello en el mundo que nos sorprende y desestabiliza las endebles estructuras que permanentemente construimos y reconstruimos en el intento de darle sentido a nuestra existencia. Antigua máxima budista, el origen del dolor es la ignorancia, y es a través del dolor que mutamos la ignorancia en experiencia. No se trata de simple conocimiento, de algo que pueda adquirirse intelectualmente, curiosa cualidad humana, nada se aprende tan intensamente como a través del dolor; por éste lo adquirido se estampa a fuego y funde orgánicamente en nosotros mismos, en nuestra historia, en nuestra vida, en lo que más allá de nuestra imagen de nosotros mismos, auténticamente somos.
Huimos del dolor. ¿Es malo el dolor? No hay mérito en el sufrir, tan sólo es algo que pasa, es una consecuencia de la vida y un gran paso es abrirse a la evidencia de su inevitabilidad. Educarse a uno mismo, aprender a estar listo para recibirlo cuando venga (porque vendrá, inexorablemente vendrá) es una de las más grandes iluminaciones a las que se puede aspirar. Y el clic está en entender que esto no es una mirada “existencialista” o falsamente romántica, sino una perspectiva vital y optimista para integrar esa parte tan fundamental de la experiencia humana en el conjunto de nuestra vida.
Al primer contacto con él pretendemos rechazarlo. Funcionará en la medida en que la causa del mismo sea algo externo. Cuando el origen radica en nosotros, cerrarnos violentamente sólo logrará enquistarlo, y llevaremos ese dolor hasta que decidamos abrirnos y experimentarlo, sentirlo, de manera viva e intensa, en toda su dimensión.
Desde ese punto de vista se puede reflexionar con cierto orgullo frente al dolor. “Saber sufrir” es uno de los pilares de la sincera felicidad. Tendemos a interpretar la felicidad necesariamente vacía de dolor, pero no es así. La verdadera felicidad es un estado de plenitud y como tal no puede excluir el dolor, pero sí integrarlo en un nuevo nivel de experiencia en el que adquiere una novedosa dimensión.
El dolor nos lastima, nos deja cicatrices, pero esas son las heridas que llevamos como testimonio y recuerdo de que estamos vivos, de que estamos recorriendo nuestro camino lo mejor que sabemos y lo mejor que podemos. Si tenemos la fuerza para aceptarlo y abrazarlo nos iremos purificando en él. Siempre más completo. Siempre más Vivo.
Como Fénix.
Renacido del fuego.
HACK YOUR MIND
